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 | 24/5/2012 |
| Crisis y respuesta |
| Per Vicent Benavent |
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Miraba un documental, el otro día, sobre la Edad Media, que me dejó dubitativo ante la realidad social que se vivía en aquella época. El ciclo solar marcaba el tiempo de trabajo, por ejemplo, y la vida transcurría unida a la marcha que marcaba la Naturaleza; se cosechaba en primavera para recoger en otoño, en invierno se dejaba la tierra reposar y la gente cantaba y bailaba, unida, alrededor de las hogueras comunales en poblaciones donde todas y todos se conocían y compartían sus bienes. Evidentemente existían diferencias de clase, pero no voy a valorar ese aspecto; me interesó el nombrado antes.
Evidentemente es un resumen muy pequeño para explicar un tiempo tan largo y tan complicado como fue aquél, pero lo que pretendía era comparar la evolución de la sociedad hasta llegar al momento actual.
Vivimos una época terriblemente convulsa, lóbrega e incierta, con un final desconocido incluso para los que han provocado la crisis económica mundial en la que estamos sumergidos, una época quizás más oscura aún que aquella Edad Media a la que me refería.
Una clase política al servicio de la banca y de los banqueros, rindiendo pleitesía a los Mercados y adorando a su único dios: el dinero. Un dios que exige la sangre de los inocentes, de los débiles, de la clase obrera que sólo posee su fuerza de trabajo, de su tiempo, para cambiarla por capital. Y sin posibilidad de salida de un círculo vicioso que está hundiendo al género humano en la desesperación más absoluta.
Vivimos un momento en que es casi imposible subsistir sin tener una cuenta bancaria o una tarjeta de crédito. Los bancos se han apoderado, no sólo de nuestras nóminas, si no de nuestras “almas”, de nuestras vidas y ya todo se mide según las normas marcadas por su dios. Tener un hijo cuesta dinero, como comprarte un coche o una casa. El valor de la vida ha terminado midiéndose por lo que va a costar económicamente criar a la prole hasta que, en teoría, se valga por sí misma y vuelva a repetir el infernal ciclo. La miseria humana llega hasta estos límites.
Nos intentan vender como soluciones mágicas, con fórmulas arcanas, sus propuestas de salida de la crisis con palabras como “déficit”, “prima de riesgo”, “recesión”, etc. sin que la gente sencilla, corriente, sepa absolutamente nada. En sus “lugares de culto” como la Bolsa, se reparten el botín, sin escrúpulos, los nuevos sacerdotes de esta Bestia apocalíptica, dueña del momento, sin pensar en las necesidades de los hombres y las mujeres que sufren las consecuencias de sus abominaciones, de su avaricia, de su latrocinio. La misericordia, la solidaridad, han desaparecido de sus codiciosas mentes y sólo miran seguir llenando sus repletos bolsillos de más dinero manchado de la sangre del resto. ¿Soluciones? Ninguna.
El sistema capitalista ha llegado a un punto sin retorno donde no tiene más remedio que explotar. No existe solución para esta crisis que nos toca sufrir sin haberla provocado a no ser destruir el sistema y empezar de nuevo.
Esta sería la única salida, la de comenzar de nuevo a vivir de acorde al ritmo que marca la Sabia Naturaleza, de vivir reconociéndonos unos a otros, sabiéndonos hijos e hijas de la misma especie, con las mismas e idénticas necesidades, que no son sólo económicas y empezar a construir un Nuevo Orden donde estas necesidades pudieran ser cubiertas; donde la Dignidad presidiera las vidas y las conciencias y abandonar esta Criminal Babilonia, condenada ya al fracaso más absoluto y a la destrucción inminente por insostenible, por caduca, rancia y asesina.
A pesar del miedo de innovar, quizás vale la pena intentarlo, de lo contrario sólo queda la triste resignación de seguir tragando con lo que los mercaderes sin conciencia quieran seguir dejando, como migas, por un camino destrozado.
En nuestras manos están las soluciones. Ha llegado la hora de levantarlas. |
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